jueves, 30 de agosto de 2018

Leyenda del Águila y el Halcón


Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux, que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Azul, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
- Nos amamos - empezó el joven.
- Y nos vamos a casar- dijo ella.
- Y nos queremos tanto que tenemos miedo...queremos un hechizo, un conjuro, o un talismán, algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos, que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar la muerte.
- Por favor -repitieron – ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miro y se emocionó al verlos tan jóvenes, tan enamorados y tan anhelantes esperando su palabra.
- Hay algo -dijo el viejo- pero no sé,  es una tarea muy difícil y sacrificada...
- Nube Azul -dijo el brujo- ¿ves el monte al norte de nuestra aldea?
Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de luna llena... ¿Comprendiste?
- Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo- deberás escalar la montaña del trueno, cuando llegues a la cima, encontraras la más brava de todas las águilas, y solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva y el mismo día en que vendrá Nube Azul. Salgan ahora!
Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego partieron a cumplir la misión encomendada... ella hacia el norte y el hacia el sur.
El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con las bolsas que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas...eran verdaderamente hermosos ejemplares.
- Y ahora que haremos-pregunto el joven- ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre?
- No – dijo el viejo.
- ¿Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne?- propuso la joven.
- No - repitió el viejo.- Harán lo que les digo: tomen las aves y atenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero, cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres...
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros... el águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero solo consiguieron revolcarse por el piso.
Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre si hasta lastimarse.
Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto... son ustedes como un águila y un halcón... si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no solo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezaran a lastimarse el uno al otro.
Si quieren que el amor entre ustedes perdure...  “Vuelen juntos...pero jamás atados”...




Una hermosa leyenda que nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido del amor que va íntimamente ligado a la libertad. una relación que te coacciona y te impide crecer, desarrollarte, "volar" como el caso de estas aves, no es amor. 

miércoles, 29 de agosto de 2018

Poema: Romance de la viuda enamorada


Quiero compartir un poema que cada vez que lo leo me siento identificada, no soy viuda es cierto, es más jamás me he casado, sin embargo sus líneas me hablan directamente al corazón. Cuando tenemos hijos y estos crecen hay ocasiones en que la sociedad e incluso el propio entorno censura, juzga y nos niega la posibilidad o incluso el derecho de volver amar.
Poema: Romance de la viuda enamorada, por Rafael de León.

Siempre pegada a tu muro 
y al filo de tus almenas; 
siempre rondando el castillo 
de tu amor; siempre sedienta 
de una sed mala y amarga 
de desengaño y arena. 

Por qué te querré tanto? 
Por qué viniste a mi senda? 
Quién hizo brillar tus ojos 
en la noche de mi pena? 
Qué lluvia de mal cariño 
quiso convertirme en yedra, 
que va creciendo y creciendo 
pegada a tu primavera? 

Ay, que montaña de amor 
tengo sobre mi cabeza! 
Ay, que río de suspiros 
pasa y pasa por mi lengua! 

Yo estaba en mis campos hondos, 
allí en Castilla la Vieja 
durmiéndome entre molinos 
y coplas rubias de siega, 
y era mi vida una noria 
monótona y polvorienta. 

Mis hijos venían del campo, 
con sus camisas abiertas, 
y en el pulso de sus hombros 
reclinaba mi cabeza. 
Así, un día y otro día, 
allí en Castilla la Vieja... 

Una tarde ( por los nardos 
subía la primavera... ). 
Una tarde, vi tu sombra 
que venía por la senda 
dentro de un traje de pana, 
tres vueltas de faja negra 
y una voz dura y redonda 
lo mismo que una pulsera. 

-Buenas tardes, ¿hay trabajo? 
-Sí- te dije toda llena 
de un escalofrío lento 
que me sacudió las venas 
y me quitó de encima 
diez años de vida muerta, 
bordando en mi enagua oscura 
una rosa dulce y tierna. 

-Está bien- fueron tus gracias, 
y, doblando la chaqueta 
te sentaste a mi lado 
en el borde de la senda. 

Vive este amor de silencio 
y entre silencio se quema, 
en una angustia de horas 
y en un sigilo de puertas. 
El pueblo ya lo murmura 
en una copla que rueda 
todo el día por el campo 
y de noche en la taberna. 

Dicen que si soy viuda 
y sacan el muerto a cuestas; 
dicen, que si por mis hijos 
me debía dar vergüenza... 
Dicen, tantas cosas, tantas, 
que las paredes se llenan 
de vidrios y maldiciones 
y hasta a veces de blasfemias. 

Mi hijo el mayor (veinte años, 
dulce y moreno), con pena, 
me habló esta mañana: -Madre, 
ese traje no te sienta, 
ni esas flores, ni ese pelo, 
ni ese pañuelo de hierbas... 
Yo no me atreví a mirarlo, 
y me sentí muy pequeña, 
como si fuese mi madre 
la que hablándome estuviera. 

-Por nosotros, tu no debes 
vestirte de esa manera... 

¡Ay, por vosotros! Os di 
todo el trigo de mi era; 
todavía de vosotros 
mi cintura tiene huellas. 
¡Sangre mía que anda y vive 
y a mí me va haciendo vieja! 
¿Pero es que yo ya no tengo 
derecho a querer? ¿Qué ciega 
ley me prohíbe que al sol 
deje mis rosas abiertas? 
¿Y que me mire al espejo, 
y que me vista de fiesta, 
y que en mi jardín antiguo 
florezca la primavera?... 

¡Quiero y quiero y quiero y quiero! 
Están en flor mis macetas; 
diez ruiseñores heridos 
cantan amor en mis venas, 
y me duele la garganta, 
y está mi voz hecha piedra 
de tanto decir: "Te quiero 
como a ninguno quisiera!" 

¡Ay, qué montaña de amor 
tengo sobre la cabeza! 

¡Ay, qué río de suspiros 
pasa y pasa por mi lengua! 

¡Canten, hablen, cuenten, digan, 
pueblo, niños, hombres, viejas... 
que yo de tanto quererle 
no sé si estoy viva o muerta!

Martes, tres días más tarde...





Llevo tres días tratando de convencerme a mí misma que no es amor lo que siento.

Llevo tres días tratando de convencerme a mí misma que tus palabras no me hirieron.

Llevo tres días tratando de convencerme a mí misma que al perderte no pierdo nada.

Llevo tres días revisando la pantalla de mi celular esperando recibir, no las palabras que tú quisieras darme, sino aquellas que yo deseo escuchar o leer. Esperando un te amo.

Llevo tres días pensando desde ya la manera de un día poder volver a estar juntos, aún no termino de decir adiós y ya estoy trazando en mi mente el mejor camino que me lleve a ti para decirte “hola”.

Llevo tres días luchando con el deseo de escribirte y he de confesar que he fracasado en dicho intento y aquí me tienes, quizá no timbre tu móvil, quizá no te diga buenos días al oído, quizá no te mande un beso de buenas noches… pero aquí estoy dispuesta a dejar correr este amor en medio de líneas que no sé construir.